
Empecé a leerlo en el metro. El último tramo de las últimas páginas me atraparon desde un vagón hasta un parque bien iluminado. Rogando que no me interrumpiese la lluvia, pasando página tras página, leyendo a voz baja (no sé otra manera de leer en inglés) y tomando el tiempo que me tomaría llegar a casa. Sentía cómo iba bajando la temperatura ambiente mientras la ficción subía de tono para luego asentarse y comprobar una vez más que la razón es menos guapa que la locura, que el amor se basta solo (Vallejo
dixit) y que la fe es la obsesión con mejor reputación hasta que sus prerrogativas son insuficientes y alguien siente la necesidad de reinventarla, de adivinar en el pliegue de una cortina la señal inequívoca de un diálogo amoroso, de hacer de la naturaleza su cómplice incondicional y no su campo de batalla. Como Parry, el personaje más heróico y terrible de la literatura reciente (que yo haya leído
porsu), conmovedor al tiempo que temerario ángel de la venganza contra aquellos que vulgarizan el romance llevándolo de picnic al parque, imitando las postales de supermercado con epígrafes de poetas canónicos tan huecos como la canasta llevada de regreso.
Al llegar a los apéndices -que luego me entero fueron citados por varios especialistas en psiquiatría como reales y no como la ficción que son- casi me empezaba a molestar por lo que interpreté como una innecesaria explicación científica de un comportamiento romántico llevado al límite, pero me reconcilié con el autor al darme cuenta que su intención era justamente lo opuesto. Partir de un
supuesto argumento científico para redimir un personaje que logra integrar su mundo interior a aquel que le es dado, reconciliándolos para su propio bien y el de la literatura...
Retomo mi camino con esa sensación de vértigo al cerrar un libro que lleva días acompañándome y que será reemplazado por otro con cubierta más brillante, aún envuelto en celofán y tapizado con
post its meta-narrativos.
*Mención especial a la cubierta más bella desde The Volcano Lover, de Su Majestad, La Sontag y Sueño Profundo de La Yoshimoto.