lunes, enero 19, 2009

Alcoholímetro

Busco mi boleto de regreso y confirmo el asalto aéreo que son los boletos a dondesea desde este pedazo de tierra polvosa al que uno siempre regresa sin importar sus peros.
Me entero en el trayecto quienes serán los invitados a la toma de posesión de Obama y la fiesta nacional que representa semejante acto de transición y que en este país no es más que el cambio de estafeta de un cinismo a otro.
Me como el recalentado que me envió mamá desde Obregón mientras navego de un sitio a otro y veo el video de la nueva -y horrenda- canción de Fangoria (al menos Alaska perdió varios kilos, pero entre ellos se le fue un poco de tino)... estoy a punto de teclear el url de algún periódico nacional y me doy cuenta que no estoy listo para enfrentar la realidad. La misma que me ha quitado el sueño últimamente.
Pienso en que los plazos se vencen y la idea de moverme me entusiasma aunque tenga entumidos los piés y no saben hacia donde brincar pues quieren saber que tan grande es el charco. Yo los imagino en un split sostenido hasta llegar al país de la certeza, pero yo no vuelo ni en sueños. O al menos no desde que era adolescente.
Visitanto a una amiga me topé con unas fotos donde salgo con mis compañeros de generación y recordé los episodios de Friends donde los personajes aparecen en su etapa ochentera. Los 90's fueron buenos conmigo pero implacabes con mi peinado: un inefable híbrido entre Billy Idol y Sharon Osbourne (al menos ella utilizó tinte, ¿cuál es mi excusa?) de tirar a quien se pa'trás.
Mis amigas de genración oscilan entra la madre Amway y la familia Ingalls, amontonando capítulos ya vistos de melodramas caseros pero creyéndose la heroicidad de la maternidad y el poder sanador de la familia nuclear a toda costa. Ahora entiendo por qué nunca me identifiqué con niguno(a), pero esta vez sólo escucho y trato de no juzgar (que es casi como pedirle a un jonkie que no se desepere cuando le falta la droga).
Platicando con amigos que me preguntan cuando me regreso a México les digo que en cuanto deseche todo el acohol que he consumido acá. El alcoholismo no es un problema aquí, es una necesidad. Y la necesidad es siempre -si no la mejor excusa- irrebatible. Se reían de mi porque el otro día que estuve cerveceando desde las 2 de la tarde, a eso de las 4 de la madrugada estaba besando a alguien que ni conozco y que ni recuerdo haber besado (lousy kissers hay donde sea, pero todo suena so unlike me).

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