lunes, abril 07, 2008

Descorazonado

A mi no me interesaron tanto las enchiladas morelianas (que son las mismas que en todas partes, salvo que si las quieres con pollo no te lo ponen dentro -gulp- sino te lo sirven a un lado y cubren el platillo con una rica ensalada de papa) ni cómo se hace el ate (es tan fácil como hacer mayonesa) de la fruta que quieras, ni las diferencias en la decoración de las iglesias que te persiguen a lo largo y ancho de la ciudad (mi virgen favorita fue la de la soledad, go figure!), ni donde estudiaron Morelos, Hidalgo, Josefa, Iturbide o Melchor (con sus ideas, seguro ahorita mismo serían mal vistos en su estado de no haber pasado a la historia) o dónde vivió Tata Lázaro (a un lado de unas chichonas con tortícolis) o si la medida del acueducto era el sueño de cualquier size queen, o si con tanta azúcar que consumen Celia pudo vivir feliz ahí, despidiéndose una a una de sus extremidades gracias a la diabetes, o si su universidad es la única en el país que mantiene a los estudiantes (foráneos generalmente) sin importar sus niveles de aprovechamiento (ni que tengan hecho un muladar el hermoso edificio que les asignaron en pleno centro histórico) o si sus mujeres eran entrenadas para ser perfectas mientras los varones se entrenaban en la imperfección a sus anchas (y estrechas, que las hay).

Tampoco me maravillaba tanto el clima y que sus calles estén diseñadas para que un lado de la acera sea soleado y el otro dé sombra, o si la población iba (y evidentemente sigue yendo) a la Plaza Central a ligar, como en cualquier otra plaza pueblerina, o si la Catedral es la única en el mundo que está dedicada por entero a Jesucristo y sus vitrales fueron traídos desde Italia, o si los franciscanos o las enclaustradas o si el café y los churros ésto y lo otro, o que si más de la mitad de su población vive de las divisas que manda la otra mitad del estado que vive en Chicago, Boston o NY.

Incluso me puede pasar de largo que la ciudad sea una de las más limpias que he visto y que los devotos caminaran hasta el santuario Guadalupano por todo el andador de piedra con pencas de nopal atadas a las rodillas pa'más inri (prerrogativas de la fe y distorsiones estéticas del SM) y que sus actuales habitantes tengan una admirable dignidad que hasta los pocos preggers que vi parecían entonar con la arquitectura de la ciudad. No me importa nada (dijera la Cazals), lo único que quería era ver ese corazón guardado en formol, precursor del -ahora en boga- arte objeto. Un corazón no tendido al sol sino huyendo de él, encerrado en un recipiente, desprendido de su dueño y latiendo en retrospectiva.

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