miércoles, mayo 10, 2006

Celofán

Siempre odié las rifas en las escuelas primarias. Intuía, sin mucha curiosidad por averiguar, el destino final del dinero que reuniríamos a partir de aquel juego de tazas y platos de cerámica barata. Me dieron diez boletos que supe tendría que pagar de mi mesada y así no defraudar las expectativas que mi maestra tenía puestas en mi, siendo el jefe de grupo y el único invitado a probar sus precarias dotes culinarias un día que el menú de calabazas rellenas con carne me hicieron vomitar en su escusado.

Fue suficiente con mi frondoso árbol genealógico para llenar los talonarios de esos boletos, pero por descuido o jugarreta del destino incluí mi nombre en uno de ellos. Resultó el ganador y un diez de mayo de mi infancia salgo de la escuela cargando el resultado de que -por primera vez- el azar o algo que se la parezca me favoreciera en algo que no tiene nada que ver con mis necesidades o deseos.

Pero no dejaba de ser un triunfo, así que tenía que despistar unos momentos a mi precoz egocentrismo y congratularme en que por primera vez iba a hacer un regalo de día de las madres que no estuviera hecho de papel, crayolas y recortes engomados en base de cartón corrugado. Ya desde entonces estaba para mi claro lo mala leche de regalar mas vajilla para lavar, pero a quien menos gracia debió hacerle la ocurrencia fue a una de mis hermanas a quien algún dios socarrón le endilgó la tarea de mantener limpia la cocina familiar.

No recuerdo la cara de mi madre al recibir mi amor cristalizado en blanco y decorado con flores de colores envuelto en papel celofán, coronado por un moño enorme color dorado. Mi memoria quedó prensada entre lo tensas que estaban mis piernas y lo tembloroso de mis manos al momento de entregar el regalo. Mi sonrisa fue la de un equilibrista que ha cruzado con éxito una larga cuerda sin red de protección.

Tuve después el sueño recurrente con la imagen de esas tazas cayendo en cámara lenta y convirtiéndose en una hermosa constelación de estrellas blancas salpicadas por el rojo sangre que chorreaba de mis manos mutiladas.

1 comentario:

Sol dijo...

Ese tipo de finales tiene algo que me mata. Un beso grande.