martes, agosto 28, 2007

Rococó

Cuando se presencian los finales ajenos no puede uno dejar de pensar en los propios y revivir el numerito que experimentamos con quien tuvo turno. Para mí que los finales siempre han sido mucho más interesantes que los principios y sobre todo mucho más progresivos. Uno tiene la idea que cuando está empezando una relación está construyendo algo para el futuro y sí: estamos preparándonos para el desastre, el desenlace de una esperanza que no pidió nacer pero que es tan necia como los piojos en un homeless (¿no es una indolencia perra alimentarse de quien es casi un cadáver?: la rapiña nunca ha perdido vigencia, pero tampoco hay que ser tan trompudo).

Yo he sido el villano y la víctima -disculpen si los violines de fondo impiden leer agusto- si es que en realidad están delimitados así de claros los personajes. Pero nunca me he visto en la necesidad de crear equipos de batalla, la principal, la más importante, la libra uno interiormente y no es hasta que uno tiene claro eso que las cosas empiezan a fluir realmente.

Nunca he dicho a nadie que no me interesa verle más, en primera porque tengo la seguridad de que nada es definitivo y yo seré muy tragón, pero me indigesto fácilmente con mis propias palabras. El primer rompimiento fue un dramón de tintes épicos, más que nada porque me tomé el complejo de culpa demasiado en serio. El segundo fue un proceso mucho más aletargado e intermitente donde estuvo en juego mi amor propio…y siempre ganó.

A veces pienso que el papel del amante que se arrastra y ruega y patalea y golpea e intenta sin mucho tino suicidarse me está esperando a la vuelta de la esquina, sólo para probar mi histrionismo. Pero el dicho dice lo que ustedes ya saben del árbol torcido y el mío, creo, va en pos del rococó.

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