martes, febrero 12, 2008

Amberes

Tengo meses sentado en esta ventana. Veo montones de gente pasar todos los días por esta calle desatendida de la mano de dios. A pesar que soy color naranja chillante, casi nadie depara en mi. Ni la encargada de la limpieza es para pasar su plumero por mi cráneo grisáceo de tanto polvo acumulado.

Mi mayor oportunidad de salir de esta prisión de vidrio es este mes de febrero, donde todas esas parejas trasnochadas que veo noche a noche pasarán su vista del menú con las especiales de la noche al catálogo de afiches simbólicos hechos ex profeso para demostrarle al en turno su afecto de tres pesos. Si no estuviera relleno de borra sucia, me conmovería por el entusiasmo que se estrila en estos escenarios. Si no fuera de este color, tendría cara para burlarme.

Anoche obtuve protagonismo por unos momentos. Un hombre grande, de manos enormes y callosas me tomó por el pescuezo y me llevó a la mesa que compartía con otro hombre, menos maltratado por la vida pero con una mirada tan fría como mis ojos-canica.
Mirando hacia todos lados (menos directamente al otro), el deshilachado gigante de pelo ridículamente engomado contaba la hitoria –seguramente falsa- de como en Nuevo Laredo le esperaba una casa vacía y unos recuerdos donde aparecía el fantasma de algún familiar lejano, probablemente también inventado.

Por ese relato se coló un muñeco igual a mi, que el gigante mantenía junto a su cama y que ocasionalmente usaba el hueco de su boca de trapo para masturbarse. El tipo contaba eso con una sonrisa que mostraba sus dientes cubiertos de sarro y metiendo su dedo en mi hocico, imitando su graciosa precocidad sexual.
También comentaba su intención de llevarme consigo al tiempo que arrancaba la etiqueta que colgaba de mi cuello. Al escuchar la amenaza de su acompañante de retirarse, el gigante aclaró que no tenía a quién regalárselo y decidió pasarme a la mesa de atrás, donde una mujer histérica relataba su drama sentimental a un silencioso amigo sumergido en su tasa de café. La mujer, exageradamente conmovida por el gesto, saluda al gigante, quien responde como perro acariciado, patéticamente infantil.

Unos minutos después, alcanzo a ver desde lejos cómo el hombre paga la cuenta y el gigante -detrás de él- agrega un paquete de condones y unas pastillas de menta. Salen rumbo a un hotel, donde uno de ellos eyacula antes de cualquier contacto, en la antesala de lo que anhela como su esenario de muerte, mientras el otro penetra un cuerpo frío, que no se queja ni gime como la mayoría de sus clientes, sino que se pone en pié y saca unos billetes aún con los pantalones abajo, los entrega al gigante, quien los toma con una mano mientras con la otra se quita el condón manchado de heces y sangre. Lo tira en la alfombra y pide al otro que se quede el resto de la noche o regrese en la mañana.
El hombre se va.

Eso no lo vi con mis ojos de canica, pero tampoco lo inventó mi imaginación de trapo.

4 comentarios:

Ōkami dijo...

y esa es sólo una de las historias que nos podría contar!

venga!

Alex dijo...

Cuánta tristeza y desolación!!

j. bhutto dijo...

Súper... para un mes tan rojo como éste! Felicidades...(no lo habrán visto tus ojos de canicas pero, qué tal lo vivieron...)besos.

Manuel dijo...

My twisted sense of humor.. and FICTION. Hugs!