miércoles, noviembre 30, 2005

El cuatroletras

El sida, una breve y -literalmente- lapidaria palabra, me llegó desde un inicio como una condena, una mala noticia que sólo me incumbía a mi, que me hablaba de tú sin conocerla. Era un adolescente mustio que había decidido poner pausa a mis impulsos y sin embargo sentí que al leer esas siglas podía, sin ningún problema, permutarlas y armar mi nombre con ellas. Muchos se sintieron -supe después- reducidos a esas cuatro letras que de repente fueron sinónimo de una larga lista de motes tetraédricos.
Al ver “And the Band Played On” o “Filadelfia” empecé a buscar los estigmas de un pecado apenas contemplado en fantasías sin consumarlo y expulgué mi cuerpo en busca de la marca de la bestia, de la culpa hecha sarcoma invasor, un virus dirigido al centro de mi conciencia.
Años después fue una noticia cotidiana, una amenaza de ladito, la bola negra que podía tocarte en el sorteo macabro de la ignorancia o el descuido, pero un día un amigo me suelta la noticia de haberse sacado el numerito premiado. Antes de preguntarle si estaba bien y ofrecerle mi apoyo, ya estaba llorándolo en vida y reduciendo su angustia a un amasijo de huesos rodeados de moscas, muy al tono con la propaganda amarillista con que iniciaron las campañas de prevención.
Después de leer a la Sontag y su visión desmitificadora de la enfermedad, sentí pena ajena por mi reacción de debutante plañidera y empezó a cambiar mi actitud frente al asunto. Sin embargo, la muerte llegó con elocuencia a refrescarme el miedo y la impotencia cuando se llevó a otro amigo. La noticia me llegó cuando veía esa obra de teatro donde discuten los creadores de la fórmula de la bomba atómica que puso fin a la segunda guerra mundialy sentí que en medio de ese escenario se levantaba un hongo enorme que convertía en cenizas su cuerpo, al mismo tiempo que mis certezas y mi optimismo.

A la fecha, la palabra sida sigue cimbrándome y a cada nota que leo sobre el tema me veo más lejos de aquellos días donde todo esto era un monstruo acechando mis pesadillas adolescentes. Ese monstruo ha tomado la forma de un amigo, un familiar, un vecino, una estrella de cine, un autor que admiro, un ama de casa, un niño y hasta un continente entero donde parece haber encontrado refugio.
Ya no es un número o una estadística fría a la que pasar de largo en el periódico, es el tercer apellido de un nombre propio que dejó de serlo.

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